Es tiempo de compartir
Parece que era ayer que empezábamos el curso, aquel miércoles 6 de septiembre. Llegábamos con manga corta, ilusionados por reencontrarnos…y […]
Jordi Badia i Pujol, filólogo, jefe de estilo del diario digital Vilaweb, corrector de textos y antiguo profesor de instituto, muy activo en X (@jbadia16), incansable divulgador de la lengua catalana, publicó en 2023 No val a badar. Més de cent mots catalans intraduïbles. Entre otras joyas, el libro contiene una lista de verbos que no tienen una traducción directa o precisa al castellano y que, como el propio Badia asegura, se perderán si no los usamos: aclucar, apamar, badar, brutejar, empatollar-se, encaterinar… La lista es mucho más larga y termina con palabras tan nuestras como potinejar, repixar, sucar.
Quizá os preguntaréis a qué viene este breve exordio. Quizá penséis que no tiene ni pies ni cabeza relacionar la defensa de la lengua catalana con la música y la mitología. Un poco de paciencia, por favor…
Un concierto en Nota 79
Son días de frío intenso, de sol o de niebla, según las distintas regiones del país. Quién más, quién menos, pasa las fiestas con la familia, los amigos. La escuela permanece cerrada, pero sabemos con certeza que hay personas que echan de menos la reanudación de las clases, el contacto con compañeros y compañeras de estudio, de disfrute, de emociones compartidas con profesores y profesoras. Quizá por todo ello, nos apetece retroceder a los últimos días del curso pasado, a un caluroso jueves de julio.
Ese día, Mateu Bauçà y Bernat Padrosa nos ofrecieron un concierto de cuerda pulsada, uno con el arpa y el otro con la guitarra. En el programa de mano se decía: «Desde tiempos inmemoriales, la cuerda pulsada está intrínsecamente ligada a la voz humana y a su capacidad para transmitir emociones. Orfeo, con su lira, amansaba a las fieras, y los intérpretes de vihuela del Siglo de Oro tocaban el instrumento que evocaba como ningún otro la voz humana».
El repertorio, un paseo por la historia de la música, desde Johann Sebastian Bach hasta Heitor Villalobos o Pearl Chertok, pasando por Georg Friedrich Händel, Miquel Llobet o Alphonse Hasselmans, logró emocionar sobradamente al auditorio. A la salida, una asistente comentaba entusiasmada: «¡Qué maravilla de concierto! ¡Estoy en modo zen!»
Jordi Badia no estaba allí, pero si hubiera oído este comentario, con su prudencia y buen humor habituales, lo habría corregido con una expresión más nuestra: «¡Qué maravilla de concierto! ¡Estoy completamente encandilado!» Sí, la música tiene ese poder, casi mágico, de embelesarnos, de enamorarnos, ¡de encandilarnos!
El Orfeo de Monteverdi
En 1607, Claudio Monteverdi estrenó en la ciudad de Mantua una “Fábula en música”, conocida como La favola d’Orfeo, considerada por los musicólogos como la primera ópera propiamente dicha. La obra, dividida en cinco actos, explora el mito de Orfeo, hijo de Apolo, y su amada, la ninfa Eurídice. La historia es bien conocida. Tras la boda, un Orfeo feliz y enamorado entona un canto a la naturaleza. La alegría le dura poco. Una mensajera interrumpe su canto para darle la terrible noticia: Eurídice, mientras recogía flores, ha recibido una mordedura mortal de una serpiente venenosa. Obstinado en recuperar a su amada, Orfeo decide descender al inframundo para suplicar a Plutón que devuelva la vida a Eurídice. Para ello, Orfeo debe cruzar el río Estigia, custodiado por el barquero Caronte, quien le niega el paso. Acompañado de su lira, Orfeo le canta una canción que le ablanda el corazón y lo adormece. Proserpina, la esposa de Plutón, profundamente encandilada por el canto de Orfeo, convence a su marido para que deje marchar a Eurídice. Solo le pone una condición: mientras conduce a Eurídice hacia el mundo, Orfeo no puede, bajo ningún concepto, mirarla ni de reojo. Si lo hace, la perderá. Orfeo acepta, pero al iniciar el retorno, duda si su esposa lo sigue, se gira, y la pierde para siempre. Al regresar al mundo, Orfeo muere destruido por unas celosas Bacantes, ninfas seguidoras del dios Baco. El mito termina aquí, pero Monteverdi lo endulza haciendo que Apolo descienda del cielo para salvar a Orfeo.
Más allá de los personajes que intervienen en la ópera, los musicólogos consideran que el auténtico protagonista, el personaje principal de La favola d’Orfeo, es la música y su poder, casi sobrenatural, de amansar a los animales más feroces, los corazones más duros, las aguas más agitadas. ¡De encandilarnos, ahí está!
Orfeo en París
Pocos días después del concierto en Nota 79, se inauguraban en París los Juegos de la XXXIII Olimpiada. Según consta en la Carta Olímpica, «El objetivo del movimiento olímpico es contribuir a la construcción de un mundo mejor y más pacífico, educando a la juventud a través de una práctica deportiva conforme al olimpismo y sus valores». ¿Y cuáles son estos valores? Pues cinco, uno por cada anillo: disfrutar del esfuerzo, juego limpio, respeto por los demás, búsqueda de la excelencia y equilibrio entre el cuerpo, la voluntad y la mente. Desafortunadamente, no siempre se respetan. Tenemos un ejemplo bien ilustrativo en la final de vóley playa femenino.
En la lucha por la medalla de oro, se enfrentaban las parejas de Canadá y Brasil. En el último set y a falta de pocos puntos para decidir el partido, las jugadoras se encararon enérgicamente entre sí, recriminándose la actitud en puntos anteriores. El árbitro, tal como está prescrito en el reglamento, mostró una tarjeta amarilla para cada equipo. El ambiente no mejoró mucho, pero en medio de la tensión se produjo un hecho inesperado: la megafonía lanzó a la enrarecida atmósfera las primeras notas de Imagine, la célebre canción de John Lennon. El público no tardó en corear su melodía. Como por arte de magia, donde había tensión y recriminaciones, aparecieron sonrisas que se hicieron más evidentes y efusivas en el acto de entrega de medallas.
No conocemos la identidad del DJ que tuvo el acierto de apaciguar la tensión con la música. Quizá Orfeo, tal como decidió Monteverdi, descansa en el Olimpo junto a Apolo y sigue regalándonos a los mortales la música que nos embelesa, que nos enamora, que nos encandila.
¡Feliz año, amigos y amigas de Trémolo
Tomàs Padrosa